Es una película extraña; aunque a veces parece aburrida, te va cautivando poco a poco. El tercer largometraje de la directora Milagros Mumenthaler nos sumerge en una historia sorprendente. No ocurre nada destacable, pero está tan bien logrado su guion y cuenta con una protagonista, Isabel Aimé González, que está presente en todos los planos: bella, atrayente y poética. Qué bien conseguido está que, durante los primeros treinta minutos, la directora te despista y no logras saber de qué va la película ni por qué caminos transita la protagonista. Preciosa la escena en la que se tira de un puente y cae a un rio, así como el pequeño plano de unas señoras andando y ver sus zapatos.
El cine, a veces, sin contarte una gran historia, consigue envolverte durante 104 minutos y, al terminar la película, percibes algo mágico en la forma en que está contada e interpretada; esto es la magia de esta película. Explora la fragilidad de la identidad, la maternidad, el deseo de huida y aquello que permanece latente bajo la superficie de una vida aparentemente ordenada. Con una puesta en escena de gran precisión formal, Mumenthaler construye una experiencia envolvente, el retrato de una mujer que intenta recomponer su vida tras un gesto inexplicable.
Con una puesta en escena de gran precisión formal, su directora, Mumenthaler, hace un gran trabajo en fotografía, diseño de arte, sonido y montaje, que hacen que el metraje transcurra con mucha fluidez, ritmo, algo de intriga y thriller psicológico. Ganó el Premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Uruguay y nueve nominaciones a los Premios de la Asociación de Críticos Cinematográficos de Argentina.







