Análisis de dos películas concordantes y un homenaje actual: De Ozu a Yamada pasando por Leo Mc Carey. Genios de la cotidianidad.
Cuentos de Tokio (1953)
Como señalan los críticos, hablar de Yasujirō Ozu no es hablar de un director de cine común; se le considera un arquitecto de la cotidianidad. A diferencia del dinamismo de Akira Kurosawa, Ozu se convirtió en el maestro indiscutible de los dramas de la vida familiar contemporánea oriental.
Unos ancianos deciden visitar a sus hijos dejando el pueblo y viajando a la bulliciosa ciudad. Nos asomamos a la vida de cada familia como espectadores. Nos ponemos a su nivel, escudriñando por entre las ventanas y las puertas de sus casas. Entramos en su intimidad y participamos de sus grandezas y de sus miserias cotidianas. Somos una mirada centrada en un espacio donde apenas hay movimiento pero se observa todo tal y como está ocurriendo sin artificios. Sin grandes giros de guion encontramos temas universales en cámara casi fija: una conversación tomando té o el silencio entre un padre y una hija.

Para identificar una película de Ozu, basta con observar su particular y rigurosa gramática visual. El director japonés redujo el lenguaje cinematográfico a sus elementos más puros mediante estas características que resumen los expertos en su cine:
- El «plano tatami»: Ozu colocaba la cámara a una altura muy baja, a unos noventa centímetros del suelo, que equivale a la altura de los ojos de una persona sentada tradicionalmente sobre una estera de tatami. Esta posición sitúa al espectador al mismo nivel que los personajes, invitándonos a su intimidad en lugar de observar desde arriba.
- Serenidad y metódica observación que permite entrar en su mundo sin prisas y sin juzgar. Analiza arquetipos de la humanidad en las que cualquiera puede verse reflejado. Equilibrio y mesura en un ritmo que es perfecto en su lento discurrir, como la vida.

- Cámara inmóvil: Salvo contadas excepciones, la cámara de Ozu no se mueve. Cada plano es una composición estática, casi geométrica, donde el movimiento ocurre dentro del encuadre. Los marcos de las paredes y puertas sirven de foco al espectador.
- Planos almohada: Entre escena y escena, Ozu introducía planos fijos de paisajes urbanos, chimeneas, trenes o sábanas colgadas al viento. No avanzan la trama; funcionan como pausas poéticas, paso del tiempo, invitando a la contemplación. El silencio invita a la reflexión pausada.
- Cambios del eje y mirada a cámara: En los diálogos, Ozu solía saltarse la regla clásica de los 180 grados. En lugar de filmar por encima del hombro, colocaba la cámara de frente al actor que hablaba. El resultado es que los personajes parecen mirar casi directamente a los ojos del espectador, rompiendo la distancia emocional. Filma a los personajes como si ellos no lo supieran por lo que nos hace empatizar más profundamente.

Todas estas características se pueden descubrir en la obra maestra imperecedera titulada Cuentos de Tokio (Tokyo Monogatari). Estrenada en 1953 es considerada con frecuencia por críticos de todo el mundo como una de las mejores películas de la historia del cine. Su genialidad radica en que, partiendo de una anécdota mínima, resume la experiencia humana. Se ocupa de la vida misma sin grandes excesos filosóficos.
Dejad paso al mañana (1937)
Según los críticos más autorizados Cuentos de Tokio se inspira de manera muy clara y directa en la obra maestra de Leo McCarey de 1937: Dejad paso al mañana (Make Way for Tomorrow). El guion del film de McCarey está basado en una obra teatral de Helen y Noah Leary. Se basaron en la novela de Josephine Lawrence titulada The Years Are So Long.
McCarey la consideraba su mejor película y de hecho al recibir su Óscar al mejor director por The Awful Truth bromeó diciendo: “gracias, pero me lo dieron por la película equivocada”. Una obra maestra seleccionada en el 2010 para su preservación en el National Film Registry y considerada “cultural, histórica y estéticamente significativa” por la Biblioteca del Congreso de los EEUU. De hecho es considerada una de las películas más emocionantes y con el final más duro que se hayan hecho jamás.

En Dejad paso al mañana, una pareja de ancianos pierde su casa debido a la Gran Depresión. Al acudir a sus cinco hijos adultos en busca de ayuda, descubren que ninguno tiene espacio (ni verdadera disposición) para acoger a ambos, por lo que se ven obligados a separarse, viviendo cada uno en un hogar diferente y siendo tratados como una carga incómoda.
Según Torres Dulce, solo la certeza de conservar el tesoro de su amor permite suavizar la desgarradora despedida final junto al tren. Según Garci, tiene algo de Dreyer en Ordette. Para el director español, “es una película muy difícil de ver. Es como una puñalada porque es fácil reconocerse en los personajes. Con su estilo propio inimitable logra McCarey una sucesión milagrosa de momentos extraordinarios. Es una pieza de museo que está completamente viva a día de hoy, porque plantea problemas en los que todos nos podemos ver reflejados”. Todos tienen algo bueno y algo malo. Esto le confiere un tono entrañable que, pese al poco éxito en su época, con el tiempo le ha dado mayor valor.
Mc Carey es un cineasta que no es fácil de analizar. Pocos cineastas consiguen capturar la emoción en estado puro en instantes, como pellizcos emocionales. Los mecanismos que utiliza en su puesta en escena son invisibles, pero en sus efectos descubrimos que no es tan sencilla como parece. En el fondo hay una elaboradísima preparación oculta donde no se notan sus artificios. Sin embargo, nunca traspasa ciertos límites en sus películas. Lo que sugiere es más importante que lo que muestra. Pura poesía fílmica.

Las similitudes argumentales y temáticas entre estas dos obras son asombrosas. Parece sorprendente que una de las películas más esenciales del arte cinematográfico japonés tenga su raíz en el Hollywood clásico de los años 30. Esta conexión innegable se debe al guionista de cabecera de Ozu, Kōgo Noda, que había quedado profundamente conmovido por la película de McCarey y adaptó libremente su estructura para trasladarla a la realidad del Japón de posguerra.
Ambas películas se articulan en torno a un viaje y al doloroso peregrinaje de los padres, quienes van siendo «rebotados» de un lugar a otro sin acogida real por parte de los hijos. El conflicto no nace de una crueldad explícita. Los hijos de McCarey, al igual que los de Ozu, no son «malos» en el sentido melodramático; simplemente están atrapados en sus propias dificultades económicas, sus matrimonios y el ritmo de la vida moderna. El egoísmo se disfraza de «falta de tiempo» o de incomodidad logística.
Cada director aborda el desenlace de una manera diferente. McCarey a través del melodrama con un final desgarrador en una estación de tren que desarma a cualquier espectador; Ozu aborda el conflicto desde la filosofía oriental, marcada por la aceptación silenciosa, la quietud y la resignación ante los ciclos naturales de la vida.

El cine no solo es entretenimiento, sino un espejo de cómo cada cultura y cada creador entienden el sufrimiento y el discurrir de la vida. Si Orson Welles llegó a decir sobre la película de McCarey que «haría llorar a una piedra», podemos asegurar que también, junto a la de Ozu, permite una estupenda reflexión sobre la condición humana.
Así pues tenemos entre manos la obra de un japonés inspirado en un irlandés afincado en Norteamérica. Un argumento bien sencillo y a la vez doloroso que puede experimentar cualquier familia humana de cualquier rincón del mundo. En ambas observamos una melancolía profunda pero serena ante el paso del tiempo. En Cuentos de Tokio y Dejad paso al mañana no hay gritos ni reproches cuando ocurre la tragedia; se desenvuelve con una aceptación digna y silenciosa que resulta mil veces más devastadora para el espectador.
Ambas películas son obras maestras, entre otras cosas, porque saben prescindir de cualquier rastro de sentimentalismo barato. Filman la decepción y el duelo con la misma naturalidad con la que sale el sol cada mañana. Al terminar la película, uno no siente que ha visto una ficción, sino que se ha asomado, sin filtros, a la vida misma.

Con los maestros Ozu y McCarey, cuando se entra en su ritmo y en su modo de mirar el mundo, aprendemos nuevas formas de observarlo y entenderlo. Disfrutar de su cine es aprender a apreciar las pequeñas cosas de la vida y a la vez posibilitar una reflexión sobre esa misma vida dotándola de mayor significación y sentido.
El homenaje de Yamada
Uno de los homenajes cinematográficos más bonitos a estos dos grandes directores ha sido la película Una familia de Tokio (Tokyo Kazoku, 2013), dirigida por el veterano Yōji Yamada. Un remake oficial y explícito concebido para conmemorar el 60.º aniversario de Cuentos de Tokio pero hacemos extensible a su original americano por lo que supuso.
El film de Yamada (2013) se sitúa en el Tokio posterior al gran terremoto y tsunami de 2011. La película respira la ansiedad contemporánea de una sociedad hiperconectada tecnológicamente, pero desconectada emocionalmente, que vive bajo el miedo latente a las catástrofes naturales y la precariedad económica.

Yamada, según los expertos, utiliza un lenguaje cinematográfico contemporáneo y convencional: la cámara se mueve con suavidad, hay planos exteriores más amplios y no se autoimpone la rigidez casi religiosa del «plano tatami» o la inmovilidad absoluta de Ozu. La película de Yamada es mucho más blanda, cálida y accesible para el gran público, perdiendo parte de esa distancia poética y austera que hacía a Ozu tan único.
En resumen, como señalan algunos especialistas, si las película de Ozu y McCarey son un monumento tallado en piedra sobre la condición humana, la de Yamada es una carta de amor nostálgica y conmovedora que nos viene a decir que, por mucho que cambie el contexto social y tecnológico, el drama de envejecer y distanciarse de los hijos sigue doliendo exactamente igual. Tal vez hay que aprender a cuidar los lazos que nos unen a los demás. Al final, el amor es el único refugio que da sentido a nuestra existencia antes de partir y el único tesoro que podemos llevarnos a la otra Vida.







