Una película que retrata muy bien a la familia y esa pregunta que todos los seres humanos se hacen alguna vez: nadie puede elegir a su padre, ni los padres a sus hijos, y con esa convivencia, para bien o para mal, hay que vivir. La ópera prima de Carlos Saiz aborda un caso real y lo más curioso es que la historia está interpretada por sus propios protagonistas. La película sigue a un joven que recibe una noticia capaz de cambiar su vida: al cumplir los 26 años perderá la pensión de orfandad con la que ha vivido desde la muerte de su madre. Cuando su padre reaparece inesperadamente con una propuesta de viajar juntos hasta Francia para visitar a su hermana, ambos emprenden un recorrido que les obligará a enfrentarse a años de ausencia, reproches y afectos nunca expresados. Un padre que es todo un personaje, un tipo tan peculiar como imprevisible.
Este viaje fue real y estuvo lleno de momentos de tensión; incluso hubo días en los que uno de los dos se bajó del coche y dejó al otro atrás. Poco a poco, sin embargo, el hijo va comprendiendo a su padre y el rencor se transforma en la posibilidad estar más cerca de el. “Disfruta de tu padre los años que me queden”, le dice en uno de los momentos más emotivos. El propio hijo contó esta experiencia al director y de ahí surgió la idea de convertirla en una película con ellos mismos como protagonistas. Carlos Saiz realiza así un auténtico experimento cinematográfico: convertir a tres personas reales en sus propios personajes y transformar lo que podría haber sido un documental en una delicada autoficción, donde la vida y el cine se confunden de manera natural.
Con un estilo de gran naturalismo y una puesta en escena cercana a la observación documental, el director convierte este viaje en una reflexión sobre la familia, la identidad y la posibilidad de reconstruir los vínculos cuando parece demasiado tarde. Las hermosas canciones que acompañan el relato aportan una sensibilidad especial y elevan aún más la calidad de la obra. Los protagonistas, pese a no ser actores profesionales, resultan encantadores por su espontaneidad, y el hijo tiene momentos verdaderamente mágicos, especialmente en la escena final, cuando el padre habla de su pasado, de su dolor y de sus errores; el hijo rompe a llorar y lo abraza. Solo por esa secuencia ya merece la pena ver toda la película. La obra obtuvo una Mención Especial del Jurado en la SEMINCI y el premio a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine de Transilvania. Película hermosa y con muchos mensajes de fondo sobre nuestros padres.







