Desde el año 1932, y con la aparición de diversos estudios de producción en las ciudades de Barcelona y Madrid, el cine español compitió con éxito frente a las diversas productoras extranjeras de entonces. La fundación de CIFESA, CEA y ORPHEA en ese año constituyó una buena prueba de ello, pero la proclamación de la Segunda República en 1931 no creó un marco de desarrollo adecuado, al gravar a la industria del cine con elevadas cargas fiscales que, en cierta forma, obstaculizaron el desarrollo de una industria que, en el mundo europeo y americano se estaba convirtiendo en un elemento muy importante en el desarrollo económico.
En ese estado de cosas tuvo lugar la sublevación de Julio de 1936 que señaló el comienzo de la decadencia del cine en España. En el caso del territorio controlado por los denominados como “nacionalistas”, y como consecuencia de la descoordinación política de los primeros meses del conflicto, la producción cinematográfica quedó paralizada. Sin embargo, y a partir de la proclamación de Francisco Franco como Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos el 1 de Octubre de 1936, el Gobierno de Burgos comenzó a definir las ideas centrales sobre la producción de películas, ideas que tendrían una larga vigencia durante la Dictadura1. Efectivamente, el 18 de Noviembre de 1937 se creó la Junta Superior de Censura Cinematográfica y el 1 de Abril de 1938 llevó adelante el Departamento Nacional de Cinematografía para, ocho meses más tarde, el 2 de Noviembre de 1938, quedar claramente definido por el que entonces era el Ministro del Interior, Ramón Serrano Suñer (1901-2003), que “Debido a la gran influencia que el cinematógrafo tiene en la difusión del pensamiento y en la educación de las masas (…) el Estado vigile en todos los órdenes en que haya riesgo de que se desvíe en su misión” 2.
¿Quiere ello decir que el Estado se convertía en la única fuente de producción fílmica? La respuesta es no, pues desde el propio Estado se consideraba que elaborar películas no podía ser una actividad exclusiva estatal; más bien al contrario, la iniciativa privada no podía desaparecer aunque, claro está, y en base a los criterios señalados por Serrano Suñer, era el Estado el de debía ejercer la vigilancia y orientación a fin de que el resultado final fuese digno de los valores espirituales de la Patria.

El mayor coste económico y la dificultad en la producción, dificultad que aumentaba al no disponer de estudios y laboratorios propios, pues los que existían en Madrid y Barcelona habían quedado en territorio republicano, no fueron obstáculo insalvable. Así, para rodar y editar hubo que hacerlo en el extranjero (Alemania e Italia)3, donde las productoras como CIFESA, Films Patria o Films Nueva España pudieron seguir su tarea ya que las empresas no fueron colectivizadas, dirigiendo su actividad hacia lo que había sido siempre, es decir, obtener un beneficio económico. No puede olvidarse, sin embargo, que el Estado se reservó la producción de noticiarios y documentales que constituían el pase obligado en las salas de cine donde, a partir de Octubre de 1937 y hasta 1940, era obligatoria la audición del himno nacional, en pie y saludando al estilo fascista, mientras en la pantalla, aparecía la imagen de Franco.
¿Qué películas de ficción se filmaron en las difíciles condiciones de entonces? No fueron muchas; de hecho la primera de ellas, que llevaba por título Morena Clara (1936) dirigida por Florián Rey e interpretada por Imperio Argentina se estaba proyectando en las salas el día 18 de Julio, pero fue retirada en la zona republicana al conocerse las simpatías nacionalistas del director y la intérprete. Florián Rey siguió trabajando y volviendo a basar sus films en temas populares; así, dirigió Carmen, la de Triana (1938), protagonizada por Imperio Argentina y Rafael Rivelles.
Otro director a mencionar fue Benito Perojo, quien dirigió El barbero de Sevilla (1938), en el que figuraban Miguel Ligero y Estrellita Castro; Mariquilla Terremoto (1939), basada en la comedia de los hermanos Álvarez Quintero; “Suspiros de España” (1939), una película musical.

Y no puedo terminar este texto sin hacer referencia al responsable último de este cine producido durante la Guerra, aunque las películas se estrenaron acabada la misma: el general Franco. Como es bien sabido, la relación de éste con el cine era algo más que circunstancial. De hecho fue durante su participación como oficial del Ejército en la Guerra de Marruecos cuando, personalmente, filmó la retirada de la plaza de Xauén. También tuvo tiempo para aparecer en una película comercial titulada La malcasada y, unos días antes del inicio de la sublevación y desde su puesto como comandante general de Canarias, facilitó el rodaje de La bandera, una película sobre la Legión. Se sabe que cuando se produjo el estreno hubo una enorme división de opiniones entre el público pues algunos espectadores aplaudieron con entusiasmo y, otros, abuchearon al propio Franco, que asistió al estreno.
Ya durante la Guerra, y tras la conquista del Alcázar de Toledo, Franco hizo que se grabaran las imágenes en las que se le ve entrando en las ruinas del edificio y siendo saludado por el coronel Moscardó. Son imágenes de propaganda, en las que Franco aparece como el militar que conquista la plaza cuando, en realidad, fue el general Varela. Pero todo tiene un sentido: la reunión que se iba a celebrar en Salamanca para decidir quién iba a situarse como general en jefe necesitaba un golpe de efecto visual. También puede vérsele en el cinturón de hierro de Bilbao,tras la caída del frente Norte o en el Coll del Moro, durante la Batalla del Ebro. Concentraciones civiles, desfiles militares y actos religiosos contribuyeron a crear una imagen que, en definitiva, no era sino una creación para el mito que el propio protagonista acabó creyéndose, tal y como argumenta Paul Preston en uno de sus libros. Incluso sugirió los temas de alguna película, por ejemplo Prisioneros de Guerra, donde se presentaba a centenares de miembros de las Brigadas Internacionales a los que se trataba con respeto y atención.

Los profesores José Maria Caparrós (ⴕ) y Magí Crusells son los autores de un soberbio estudio sobre las películas que vio Franco en su particular sala en el Palacio de El Pardo a partir de 1946 4. Un total de cerca de dos mil treinta y siete películas, a razón de dos largometrajes comerciales por semana y acompañados por el noticiario NO-DO y otros documentales muestran la imagen de alguien que, al igual que hicieron Stalin, Hitler y Mussolini, estaba fascinado por las imágenes en movimiento, tanto que, como aparece reflejado en el estudio publicado al que hago referencia, Orson Wells confesó en una comida con varios periodistas grabada para un programa de televisión lo siguiente:
OW.: Realmente nuestros Jefes de Estado son locos fans del cine. A izquierda y derecha no conozco excepciones. Incluso sé de una Jefe de Estado que era cineasta y les desafiaría a adivinar quién era….Franco. ¿Lo dijo usted?
P.: ¿Hizo películas?
OW.: Sí. Dibujos animados.
P.: ¿Los dibujaba?
OW.: Sí. Franco. El Generalísimo…Yo vi una
P.: ¿Era divertida?
OW.: No, pero la hizo
Franco no fue el único que cayó bajo la fascinación del cine. Hitler veía a diario una o dos películas, normalmente después de cenar. Se sabe que El Gran Dictador provocó sus risas mientras que La Dama de las Camelias le hizo llorar. Mussolini apenas aguantaba un cuarto de hora sin dormirse, sobre todo si la película era de tipo comercial. Y Stalin se distinguió por ser un censor sin límites: las 2.700 películas rodadas en la Unión Soviética antes de 1935 fueron prohibidas. Además, veía todas las películas soviéticas antes de estrenarse, decidiendo sobre cuestiones banales para cualquier comunista como son las relaciones sentimentales y, lo que es aún peor, amenazando con fusilar al director si la película no era de su agrado. Stalin no tenía nada que envidiar a cualquier censor moral de la católica España franquista cuando le reprochó al responsable de programarle las películas que hubiese incluido una donde aparecía una bailarina ligera de ropa. En una sesión celebrada la noche del 28 de Febrero de 1953, en la que se proyectaron algunas películas hasta altas horas de la madrugada, es cuando Stalin sufriría el ataque cerebrovascular que acabaría con su vida. Un final de película.
1 Como desarrollaré en un próximo artículo dentro de esta serie sobre el Cine y la Guerra Civil.
2 CAPARRÓS, JM (1983): 19-27
3 Estudios UFA, en el caso alemán e Instituto LUCE, en el caso italiano.
4 CAPARRÓS, José María; CRUSELLS, Magí Las películas que vio Franco (y que no todos pudieron disfrutar). Cine en El Pardo, 1946-1975. Ediciones Cátedra, Madrid, 2018.







