En la zona republicana, y a semejanza de lo que ocurrió con la producción industrial al iniciarse la Guerra, los locales de espectáculos (cines y teatros) fueron colectivizados. En la ciudad de Barcelona fue la Confederación Nacional del Trabajo (de signo anarquista) la que asumió su control desde Octubre de 19361 mientras que en la de Madrid, y a partir de la constitución de la Junta General de Espectáculos, donde la Administración republicana y los diversos sindicatos, en especial la Unión General de Trabajadores (de signo socialista), llevó adelante los criterios de producción y distribución fílmica. En Valencia, por su parte, se constituyó un organismo unitario que incluyó a las dos. A pesar de que en la zona republicana casi no existía legislación sobre la censura ello no fue óbice para que los operadores republicanos tuviesen que pasar la censura política tras redactar los guiones y filmar; es de resaltar que en el bando contrario tenían que pedir permiso para poder filmar y, una vez terminado el rodaje, pasar la censura que, en este caso se acompañaba por la militar y religiosa. Como se ve, dos métodos que aseguraban, o procuraban asegurar, una coherencia ideológica propia de cada bloque.
En Madrid la cartelera funcionó con normalidad desde el Otoño de 1936: noticiarios de actualidad, documentales de guerra y películas de ficción, además de películas soviéticas como, por ejemplo, El acorazado Potemkin o Los marinos de kronstadt, aunque la que constituyó un verdadero éxito de taquilla llevaba por título Chapaiev, el guerrillero rojo. Película, esta última, que ya se había convertido en un film de culto en la URSS aunque, aquí en España, no se pasaba el último rollo de película porque la muerte del protagonista causaba desánimo entre los milicianos. También se proyectaron películas norteamericanas2 y españolas de producción privada, aunque la marginación que sufrió dicha empresa privada fue casi absoluta y, por ello y por razones obvias, las salas de cine exhibieron un buen número de reposiciones del cine español de preguerra3.

Algunas películas, alejadas del tema bélico, fueron filmadas durante la Guerra, pero se estrenaron una vez ésta había acabado; es el caso de Molinos de Viento (1937), dirigida por Rosario Pi (1899-1967), película que trataba sobre el naufragio de un buque escuela que sufre una avería y se ve obligado a realizar una escala forzosa en la pintoresca localidad de Volendam (Holanda). Otro ejemplo,“Bohemios” (1937), dirigida por Francisco Elías (1890-1977), donde se narra la historia de Roberto, un músico principiante, y Víctor Duval, un poeta, quienes viven en una buhardilla soñando con el éxito. Su tranquilidad se ve interrumpida por Cosette, una vecina que ensaya ópera sin que ellos conozcan su identidad. Este film en concreto fue muy criticado por Mateo Santos en aquél tiempo porque “no reflejaba la moral actual, el nuevo orden que se está creando con la revolución proletaria”. Este planteamiento netamente propagandístico está muy ligado al hecho de que en la zona republicana se estableció por la CNT que las películas que tuviesen un carácter reaccionario o una tendencia a desacreditar los postulados de la libertad y humanidad que se estaban intentando desarrollar no podían exhibirse. Por ello no es extraño que estas dos películas memorables citadas más arriba (Molinos de Viento y Bohemios) producidas por Cifesa (que tendría una sede en el bando republicano y otra en el bando franquista), Consejo Obrero y Ediciones Antifascistas Films, y rodadas durante la Guerra, se estrenaran después de acabada ésta. La razón estaba en que sus argumentos no conectaban con la realidad bélica y, además, estaban aferradas en sus argumentos a un ayer que la revolución proletaria estaba reduciendo a cenizas.
Hubo una película, Morena Clara (1936), que se exhibió en las dos zonas pero fue retirada por el gobierno republicano al haberse pasado su director, Florián Rey (1894-1962), al territorio sublevado. Quizá la película más significativa del bando republicano sea la realizada por Antonio Sau (1910-1987) y producida por el Sindicato de la Industria del Espectáculo de CNT/FAI en 1937. Su título es Aurora de esperanza (1937) y, catalogada dentro del denominado cine social, constituye un retrato del mundo proletario catalán del contexto de preguerra y una formidable crítica a la burguesía de entonces4. En esta línea de cine con mensaje social cabe mencionar un film realizado en 1938 por el anteriormente citado Francisco Elías y su título es ¡No quiero…no quiero! Se trata de la adaptación de una comedia teatral de Jacinto Benavente en tres actos, en la que unos jóvenes que luchan por regenerar sus vidas y dejar atrás su pasado en un reformatorio. La trama destaca por ser una sátira social que critica la hipocresía y la educación impartida entre las clases altas. Tampoco puede dejarse en el olvido la película Barrios Bajos (1937), realizada en plena Guerra Civil por Pedro Puche (1887-1959), donde se narra un drama pasional en los ambientes marginales de Barcelona. Su argumento central se desarrolla en torno a un triángulo amoroso, el choque de clases sociales y la redención del héroe obrero. Finalmente, y producida en 1938, la película de Fernando Mignoni (1884-1971), Nuestro culpable, que está basada en una comedia musical. Su argumento se centra en un personaje, «El Randa», un ladrón que entra a robar a casa de un banquero, pero es sorprendido por la amante de éste. Ella le deja escapar, dando lugar a una serie de enredos con la justicia burguesa, con lo que se aprovecha para criticar, además de a la clase burguesa, a la autoridad política establecida.

Un capítulo importante en este breve recorrido por el cine realizado en territorio republicano no puede olvidar que, así como el Gobierno Vasco no llegó a tener un Departamento de Propaganda5, sí lo tuvo el Gobierno de la Generalitat de Catalunya, creado el 5 de Octubre de 1936 y dirigido por Jaume Miravitlles, cuyo puntal cinematográfico fue la creación de Laya Films, productora que realizó una treintena de documentales y un centenar de noticiarios semanales en catalán, que solían incluir entre 9 y 11 noticias cada uno. Buena parte del material se ha perdido y el historiador Esteve Riambau considera que sólo un tercio se ha conservado. Según ha podido documentar, en primavera de 1938 Laya Films tenía en su archivo 90.000 metros de película y 130 copias para la distribución.
El Gobierno republicano solo produjo una película de ficción. Se trata de Sierra de Teruel, realizada entre Julio de 1938 y Enero de 1939. Conocida en Francia como L’Espoir, fue dirigida por el escritor André Malraux, y en ella se relata el heroico derribo de un avión republicano durante la guerra. La película se rodó en diversas localidades catalanas y, debido a la derrota del bando republicano en 1939, tuvo que rodarse el final en Francia.
Puede parecer una obviedad, pero todo lo escrito anteriormente no se entiende si no se parte del hecho de que el cine fue muy popular durante la Guerra Civil, tanto en un bando como en el otro. Un repaso a las hemerotecas muestra que, en sus últimas páginas, siempre había una sección destinada a mostrar la cartelera de películas. Así, en el diario La Vanguardia, de Barcelona, el domingo 24 de julio de 1938 aparecía un extenso abanico de posibilidades a escoger entre un total de cincuenta y cinco salas6. Nombres que aún continúan (Capitol, Arenas, Bosque…), junto con otros ya desaparecidos (Splendor, Ascaso, Chile, Durruti…). Se ofrecían programas con un mínimo de dos o, en algunos casos, tres películas, todas ellas con temáticas muy diversas: cine cómico, musical, dramas estadounidenses y filmes soviéticos. Títulos como La República protege a los niños compartían cartelera con Asesinato en la terraza o Abismos de pasión. En muchos cines, además, se ofrecía un diario de noticias, de carácter netamente propagandístico.

Tanto la ciudad de Barcelona como la de Madrid demostraban unos enormes deseos de vivir, de distracción, de olvidar la sensación de riesgo y la incertidumbre del destino. Ni siquiera los numerosos peligros preocuparon a los espectadores, que protestaban cuando la sesión se interrumpía por los avisos de bombardeos. El teatro era otro gran atractivo. Nombres de salas que todavía están en Barcelona, como Tívoli, Romea o Principal Palace, formaron parte de los nueve que, diariamente y en sesiones de tarde y noche, ofrecían obras muy diversas: Fuente Ovejuna, Doña Francisquita o Katiuska. Una nota aparecía todos los días al final de la cartelera: «No se dan entradas de favor, a excepción de los heridos y mutilados de guerra.»
Al finalizar la Guerra Civil el número de películas y documentales producidos en el bando republicano fue de 360. Y, en el bando nacional, de 937. Pero, quizás lo peor en el terreno de la industria cinematográfica fue que toda su infraestructura fue materialmente destruida. Acabada la Guerra se inició, así, una etapa de reconstrucción de dicha infraestructura pero, en este caso, bajo el prisma de un gobierno que aprovechó el cine como un elemento de propaganda que jugaría un papel determinante8.
¿Qué hicieron los gobiernos europeos y norteamericano durante la Guerra Civil desde un punto de vista de la producción cinematográfica?¿cómo favorecieron o criticaron lo que estaba sucediendo? Interesante pregunta sobre el desarrollo de un período de relaciones internacionales que acabaría en el estallido y desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.







