Nos llega una película del director Yoji Yamada, que lleva 64 años rodando y que, a sus 93 años, continúa filmando con la misma sensibilidad que lo ha convertido en una figura clave del panorama mundial del cine. Con más de 90 películas dirigidas en seis décadas de carrera, es uno de los realizadores más longevos de la historia y su primera película data de 1961. Este largometraje es el remake de la película francesa Un paseo con Madeleine y gira en torno a un encuentro fortuito entre un taxista preocupado, Koji Usami, y una anciana pasajera, Sumire Takano, quien se dirige a un hogar de retiro en Yokohama. Lo que en un principio debía ser un trayecto de apenas una hora se convierte en un viaje largo y nostálgico por la capital nipona, durante el cual la pasajera recorre los lugares que marcaron su larga y agitada vida.
En esta obra, Yamada recorre rincones emblemáticos de Tokio, intercalando flashbacks que muestran los momentos más decisivos de la vida de Sumire. Si bien al comienzo de la película podría aparentar ser una anciana amable y firme con una vida discreta, la realidad es que se enfrentó a diversas tragedias familiares desde joven, reflejando la situación de las mujeres japonesas en la posguerra. Es una película muy bonita y conmovedora, sin grandes interpretaciones, sin grandes actores o actrices y sin efectos especiales, pero de esas que te hacen regresar a casa con unas sensaciones que enriquecen el alma. La carta final de la mujer al taxista, después de su fallecimiento, está llena de sabiduría: “Pasé con usted el día más feliz de mi vida, de mis últimos días de existencia, y usted fue muy amable conmigo”. Su bondad se demuestra al dejarle una herencia millonaria para que su hija pudiera estudiar, pues no tenían medios económicos, y para que pudieran viajar mucho por Europa.
La película es maravillosa, llena de ternura y de la fuerza de una mujer guerrera y luchadora. Sumire pasó nueve años en la cárcel porque se vengó de su marido, que la maltrataba, y al salir de prisión se fue a Estados Unidos para aprender el negocio de las uñas, instalándose posteriormente en Tokio. Qué pena que no se hagan más películas tan tiernas y con escenas capaces de arrancar lágrimas al espectador, porque esta obra demuestra que el cine puede emocionar profundamente sin necesidad de grandes presupuestos ni artificios visuales.







