“La historia que vais a presenciar no es un producto de la imaginación. Es historia pura, veraz y casi universal, que puede vivir cualquier pueblo que no se resigna a perecer en las catástrofes que el comunismo provoca” 1.
Esta frase subrayada corresponde a los títulos iniciales del film Espíritu de una Raza (1950). Realizado por José Luis Sáenz de Heredia (1911-1992), exponía una visión de la Guerra Civil que mostraba el camino que había de seguir el cine de propaganda de esta época, dos años después de la finalización del combate. La propaganda se escondía al presentar una serie de actuaciones morales, políticas y sociales que los españoles y españolas habían de seguir. El guion de la película fue escrito por el propio Franco2 y, en él y a través de los personajes de una saga familiar, podían distinguirse con claridad el rechazo a la política liberal y democrática, la exaltación de la Patria como valor supremo en el marco de la defensa de los valores católicos.
Sin embargo, todo lo anterior fue sometido a una serie de cambios que merece la pena comentar. Es cierto que la película se estrenó en Madrid el 5 de Enero de 1942, en el Palacio de la Música; y también es verdad que días antes se había estrenado en pase privado para Franco, demás familiares y círculo íntimo en el Palacio del Pardo. Pero esa película tenía un título diferente: Raza. Y no era exactamente igual a la que en 1950 se estrenó con el título mencionado al principio. De hecho, la versión original fue destruida y, felizmente, en 1993 pudo recuperarse. Hoy están disponibles las dos y es muy interesante apreciar los cambios que se introdujeron: las alusiones a los Estados Unidos como los enemigos de España en la Guerra con Cuba en el siglo XIX desaparecieron y, al mismo tiempo, se eliminaron las escenas donde aparecían los saludos fascistas3. Una novedad importante en esta nueva versión del film es la que inicia, en cursiva y subrayada, este texto: todas las desgracias procedían del comunismo. Y esto era así porque en el nuevo contexto europeo, recién finalizada la Segunda Guerra Mundial4, el régimen franquista había de desligar a España de las potencias vencidas, Italia y, especialmente, Alemania para trasladar el acento al rechazo del comunismo soviético, mostrando así una actitud más favorable al otro gran protagonista del período que se estaba fraguando5, los Estados Unidos de América.

Así pues, los años previos a 1950 marcan la divisoria entre un cine sobre la Guerra Civil de Cruzada, donde la visión sería la tradicional católica y familiar de España, una visión de rigor castrense que señala la rebelión contra la corrupción y traición de la clase política, especialmente durante los años correspondientes a la Segunda República; una divisoria que fue dando paso a otros films que plantearon otros escenarios y argumentos, acordes con los cambios culturales, económicos y sociales derivados del proceso que se inicia con el reconocimiento diplomático de España por parte del Vaticano6 y los Estados Unidos7.
Se inició así un tipo de cine denominado “de reconciliación” y, en esa línea hay que hacer memoria a la película El santuario no se rinde (Arturo Ruiz Castillo, 1949), donde se aprecia el cambio en el discurso oficial. El film nos ofrece en su argumento algo muy semejante a otra película realizada en 1940 por un director italiano, Augusto Genina. Su título era Sin novedad en el Alcázar, donde se ensalzaba el valor y el heroísmo de la gesta y el asedio del Alcázar de Toledo8, pero en la de Ruiz Castillo, localizada en otro episodio bélico9, relata la historia de un político republicano que acabará luchando en el bando sublevado al convencerse de la legalidad de los mismos.

Otro film interesante en esta línea fue Balarrasa (José Antonio Nieves Conde, 1950). En él se relata la historia de un misionero que recuerda su experiencia en la Guerra y las circunstancias que le llevaron a abandonar su carrera militar para convertirse en sacerdote. Es ésta una imagen muy potente que quiere simbolizar el cambio de la situación política donde el predominio eclesiástico se ha ido imponiendo tras el ostracismo de Falange Española10. La crítica cinematográfica de aquellos años valoró que la película abordase los problemas de la España de aquél tiempo: el estraperlo, la descomposición de la familia, la prostitución encubierta, la especulación y la delincuencia de lujo. Su director, arriba citado, fue falangista y opositor a la unión con el Requeté Tradicionalista11, oposición que mantuvo hasta el final y que le sirvió como pieza fundamental en uno de sus films más importantes, tanto para él como para la historia del cine español, Surcos (1951), que se alejaba de la Guerra Civil y entraba de forma directa en la terrible posguerra. De alguna forma, su inconformismo con el resultado fallido de la revolución falangista abrió la polémica sobre la renovación del cine español en general y, con carácter particular, al tratamiento de la Guerra en años muy posteriores.

Nieves Conde no fue el único realizador que llamó la atención sobre los resultados de una guerra que no había conseguido sus objetivos sociales y políticos. Una figura muy importante, Carlos Arévalo, es el autor de un film que merece un lugar de honor: Rojo y Negro (1942). A pesar de ser una típica película de cruzada su carácter es eminentemente falangista. En ella se cuenta la relación entre Luisa y Miguel, una pareja de jóvenes que se separan por el estallido de la Guerra y sus diferencias ideológicas. Ella es activista de Falange y él es comunista. Capturada por las milicias republicanas es violada y asesinada. Miguel se enfrenta a los milicianos y acaba siendo asesinado por los mismos que habían asesinado a Luisa. Estrenada en el cine Capitol, en Madrid, el 25 de Mayo de 1942, es un film de la primera época pero donde se apuesta por la revolución nacional sindicalista que propugnaba José Antonio Primo de Rivera, cuyo planteamiento político no era del agrado de Franco. Rojo y Negro sólo permaneció en cartelera tres semanas. ¿Cuáles fueron los motivos? No parece que la causa fuese la calidad de la película; es más, la historia no era propiamente hablando una historia de guerra, sino una historia de amor entre un hombre y una mujer en los primeros compases de la guerra. Una historia que al público, algo cansado ya de películas de guerra o de, como ya entonces se denominaban, “españoladas folclóricas” al servicio de la Patria , y según parece, fue retirada según un plan previsto al tener en cuenta que exaltaba el protagonismo de Falange a costa de obviar a otros sectores de los sublevados, especialmente, el Ejército.

No fue éste el único ejemplo de película en la que aparecía el conflicto entre falangismo y franquismo. Podemos observarlo también en Frente de Madrid (Edgar Neville, 1939), donde hubo que cambiar una secuencia porque colisionaba con la política del nuevo estado franquista. La película relata la infiltración de un falangista en la batalla de la Ciudad Universitaria en Madrid y la secuencia que eliminaron fue la final, donde el falangista y un miliciano se abrazan porque veían inminente su muerte. Una escena que la censura, claro está, eliminó en un tiempo en el que esas “veleidades” estaban contraindicadas.
El cine sobre la Guerra Civil en el periodo que se inicia en los años 50 conoce un buen número de películas y de realizadores. Sirvan como ejemplo Rafael Gil, Antonio del Amo, Pedro Lazaga, Luis Lucia y Ramón Torrado. Películas que fueron introduciendo pequeños elementos sobre la historia de la Guerra, como es el caso de Golpe de Mano (José Antonio de la Loma, 1970), film que tuvo un éxito desigual pero que constituye uno de los escasos ejemplos en que se trató de imponer un criterio de objetividad sobre lo sucedido al abordar con cierta rigurosidad los puntos de vista de uno y otro bando.

Y llegamos al final con una película de Sáenz de Heredia, realizador con el que iniciaba este texto. Su título es Franco, ese hombre (1964). No es propiamente una película sino un documental de propaganda de una duración de noventa y siete minutos donde se habla de paz y victoria. No aparece el dolor de los derrotados y el gozo está presente, pues se trata de celebrar la victoria de la Paz. Como buen documental de propaganda se insiste en la legitimación del Régimen por sus orígenes históricos y, también, por la obra realizada en los veinticinco años de Paz que se conmemoraban en 1964: la superación de la hambruna y el racionamiento propios del período autárquico12, los pactos internacionales con el mundo occidental, el desarrollo económico tras el Plan de Estabilización de 1959, el crecimiento del turismo y la emigración española a Europa. Franco es presentado como un artífice de la Paz al haber vencido a Hitler y Mussolini13.
Pero, probablemente, las palabras de Dionisio Ridruejo14, contenidas en una carta de fecha de 7 de Julio de 1942, y en las que reprochaba a Franco no haber apostado decididamente por el fascismo, palabras en las que mostraba su decepción tras regresar de la campaña de Rusia con la División Azul, expresaban que “no tenemos régimen que valga, salvo en sus aspectos policiales, y que Falange es simplemente la etiqueta externa de una enorme simulación que a nadie engaña (…) todo parece indicar que el Régimen se hunde como empresa aunque se sostenga como tinglado”.15
Estas proféticas palabras señalaban, entre otras muchos cambios por llegar, que la visión sobre la Guerra Civil acabaría buscando historias muy diferentes en las películas que marcarían la época de los años 60 hasta nuestros días.







