Zombis contra el estigma social de las minorías

11/12/2013

[Jorge Marínez Lucena – Pantalla 90]

Hace años se produjo una transformación. Los vampiros se fueron convirtiendo en humanos, cada vez más humanos. Desde la literatura Anne Rice creaba a un existencialista Lestat en sus Crónicas Vampíricas. Lo vampiros seguían siendo no-muertos, seguían siendo sanguinarios, pero iban ganando empatía con los hombres, con sus sentimientos, con sus cuitas de mortal.

dracula_cinemanetEn 1987 recordamos dos películas en que algunos vampiros se ponían de parte de los débiles, de los que tradicionalmente no habían considerado más que presas. Eran Los viajeros de la noche y Jóvenes Ocultos. En 1992, llegó el Drácula de Bram Stoker, que no era de Stoker, sino de Coppola, y que nos dejó claro que el verdadero amor es el que protagonizaban Gary Oldman y Winona Ryder. Tras eso, llegó Brad Pitt, en la Entrevista con el vampiro, y se grabó en nuestra alma una nueva verdad: que no se puede juzgar a todos los chupasangres con el mismo rasero. Al final, llegó Crepúsculo, y los vampiros dejaron de formar parte del género de terror y pasaron a formar parte de algo así como la literatura juvenil y los teen movies. De todo esto quedaron dos teleseries, una más conservadora, Crónicas Vampíricas, y la de la HBO, como siempre radical, True Blood.

Todo este proceso de humanización del monstruo se ha producido por una sencilla razón: el miedo que representaba el no-muerto ha dejado de tener vigencia. La condición estrictamente material del hombre, que en el mundo victoriano podía suponer un cierto pavor, si se comparaba con las creencias religiosas del momento, ha dejado de ser considerada por las grandes audiencias una amenaza. La muerte ha sido domesticada por los nuevos discursos asépticos, médicos y científicos, que pretenden ser la última palabra sobre la vida y la muerte. Es por eso que esos monstruos ya no permiten ninguna catarsis, porque no hay ninguna imagen inconsciente que exorcizar. Es por eso que los vampiros buscan una nueva aplicación en la ficción y se ponen en función del amor, eterno y a poder ser adolescente.

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Pues bien, el mismo proceso de humanización se detecta en el zombi. Y en la miniserie británica que comento hoy, In the flesh (2013-), esta confusión/identificación entre el podrido y el hombre llega a su ápice.

Es un hecho que el zombi, desde su inicio, ha sido algo más que un producto de terror. Desde el inicio de este fenómeno en la modernidad ha tenido un innegable componente de crítica política y social. El zombi ha sido el representante de la masa alienada por el poder, a través del consumismo (El amanecer de los muertos) o de la tecno-ciencia (Resident Evil). Por eso el zombi siempre ha encarnado el mal inconsciente de sí en productos de ciencia ficción que retrataban situaciones distópicas y apocalípticas. Algo que estaba tan claro que incluso se podía hacer sátira de ello en películas tan interesantes como Zombis Party.

Pero ese acercamiento del no-muerto al hombre-masa no ha sido suficiente. También se ha seguido acercando al hombre-real en toda su dramaticidad. Prueba de ello es la magnífica teleserie The Walking Dead, donde los supervivientes están infectados. Y poco a poco se ha estado cociendo en nuestra ficción la posibilidad de un Crepúsculo zombi, de un amor híbrido de esos que tanto se practican en Underworld. Se atisbaba en una horror comedy como Fido o claramente en una teleserie francesa como Les Revenants (2012-). Ahora la cosa se redondea en In the Flesh, donde el tema amoroso no basta, sino que toma un vuelo político y social, reivindicativo de los derechos de las minorías

En Inglaterra se ha producido lo que ellos llaman el Amanecer. Por alguna razón algunos muertos se han levantado de sus tumbas y se han dedicado a buscar alimento, rabiosos. Sin embargo, tras un tiempo de pánico, el gobierno ha conseguido domeñar la situación, reduciendo el problema médicamente.

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Los zombis se han convertido en meros enfermos del Síndrome de los Parcialmente Muertos (SPM), que, con el tratamiento adecuado, pueden recuperar su vida normal, sólo teniendo en cuenta que siguen muertos y que deben medicarse y maquillarse de por vida (eterna). En esa circunstancia es en la que Kieren Walker vuelve a su casa, en Roarton (Lancashire), una zona rural en el norte de Inglaterra. Allí predomina el discurso religioso, la superstición, la creencia de que los enfermos no son más que zombis y de que hay que exterminarlos. El pastor y la milicia de la comunidad son los representantes del poder político local, y desoyen las indicaciones y procedimientos médico-administrativos del gobierno del Reino Unido. Pese a los prejuicios vigentes en el pueblo, la vuelta como enfermos de SPM de muchos de los desaparecidos durante el Amanecer, va a hacer que muchos de los ignorantes habitantes de Roarton empiecen a poner en duda el discurso bélico y religioso predominante sobre esa nueva minoría, que en la convivencia se hace más que ostensiblemente humana.

Bien interpretada y con un guión interesante, aunque sencillo para los gustos neo-barrocos posmodernos, In the Flesh se convierte en un alegato a favor de los derechos de colectivos de enfermos cargados con el estigma social o meramente de la muerte (enfermos de SPM), de las mujeres liberadas y maltratadas (Amy), y, quizás (porque se mantiene la ambigüedad), los de homosexuales (gran amistad entre Kieren y Rick). Evidentemente, lo mala de la película es la mentalidad supuestamente tradicional y religiosa, encastillada en la superstición y en los prejuicios, de la que el pueblo se libera poco a poco, gracias a la convivencia con la minoría que demuestra ser incluso más humana que los humanos.

Curiosa para el que desee asistir a este viraje de imaginarios y para el que no quiera perderse una cita, de entre las cada vez más numerosas, con la disolución de la frontera entre el hombre y el zombi en nuestras ficciones actuales.

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