En 2020, Javier Marco hizo un corto de 14 minutos, A la cara, y cinco años después lo ha transformado en una película maravillosa, que no ganará premios y que merecía estar en los Goya como finalista. Con una interpretación soberbia de Manolo Solo, que en 2025 ya demostró ser un actor consagrado con Una quinta portuguesa, y Sonia Almarcha, ganadora del Festival de Málaga como mejor película por Yo no moriré de amor, actriz claramente infravalorada.
Una película que brilla por la gran interpretación de estos dos actores y el pequeño papel de Helena Zumel. Este largometraje retrata muy bien los tiempos actuales de las redes sociales y los peligros que pueden entrañar. ¿Qué pasa si un señor tiene creado su propio mundo en soledad, pasa muchas horas en su ordenador y, en uno de sus mensajes en redes, insulta a una presentadora de televisión? Un día abre la puerta de su casa y se encuentra con esa presentadora, que le exige que repita en voz alta el mensaje de odio que escribió. Además, la habitación que tiene en alquiler —por la que cobra 400 euros— ella se la paga con 2.000 euros para refugiarse allí y desaparecer de los medios y de todo su entorno.
Una historia profunda que retrata la vida de dos perdedores: un padre que no se habla con su hija, aunque ella lo quiere, y una madre que solo tiene que firmar un documento para que los médicos dejen a su hija sin respiración en el hospital. Con un gran guion, es una película que te atrapa desde el minuto uno y nos adentra en la oscuridad de la mente humana con delicadeza. La convivencia de los dos, los silencios, las miradas y esa escena poética en la que ella entra en su alcoba a medianoche para compartir el dolor insoportable ante la muerte cercana de su hija nos transportan a la idea de que la vida puede cambiar en un segundo. Maravillosa película, con muchos mensajes, de la ópera prima de Javier Marco.








