Con el director Jonás Trueba no conecto. De las siete películas que he visto de su filmografía, no he logrado entrar en su universo cinematográfico. Lo curioso es que todas sus películas han pasado por festivales de cine o han obtenido algún premio; a esto se le podría llamar el surrealismo del séptimo arte. Solo me faltaba ver su última película, realizada originalmente en 2013, aunque nunca llegó a estrenarse en salas y ahora regresa con 13 minutos adicionales. En el pase de prensa tenía muy claro que me iba a aburrir y que ni siquiera escribiría una crítica sobre ella, pero el cine siempre encuentra la manera de sorprender.
No es un largometraje para ver una y otra vez. Tiene muchos fallos de guion y de estructura narrativa, y en algunos momentos llega a hacerse pesada. Sin embargo, posee algo especial que termina dejándote medio embrujado. Rodada en blanco y negro, con algunos minutos en color, convierte las calles de Madrid en un personaje más de la historia. Aparecen espacios tan emblemáticos para los cinéfilos como los Cines Golem, los Cines Verdi, el Pequeño Cine Estudio —el cine más pequeño de Madrid— y la Filmoteca. Todo ello crea una atmósfera muy particular que envuelve al espectador.

Sus personajes, medio bohemios, recuerdan en cierta manera a la primera película de Fernando Trueba, Opera prima (1980) que se convirtió en un gran éxito de taquilla. Hay momentos mágicos, instantes de comedia y un Vito Sanz que está sencillamente para comérselo gracias a su sentido del humor. Además, la película deja frases tan bonitas como: «En la vida solo hay una vez en la que estás enamorado o eres un genio» o «Desde que se inventó el cine, vivimos tres veces más».
La narración reúne varias historias de distintos personajes y hasta incluye una pequeña historia romántica llena de ternura. Destaca especialmente una escena dentro de un cine en la que solo ellos ocupan la sala como espectadores. Algo que, por cierto, no resulta tan extraño cuando yo mismo acudo a alguna película sin pase de prensa y me encuentro completamente solo. Una experiencia maravillosa.
Lo que en 2013 fue un gesto casi clandestino —una película autofabricada, fuera de los circuitos industriales— reaparece ahora como una pieza fundamental dentro de una filmografía de este director.







