Preciosa película, emotiva, dulce y dura a la vez, que retrata a una familia que atraviesa el dolor por la muerte de uno de sus hijos. Reúne a un reconocido reparto de actores británicos de tres generaciones distintas, y todos están a gran altura. Con una fotografía maravillosa, los grandes paisajes de la costa de Irlanda y una música de fondo que casi te transporta al interior de la película, destaca por lo bien contada que está desde el punto de vista narrativo. Habla del dolor de una familia y de cómo, cuando sucede una tragedia, lo importante es permanecer unidos. También muestra que el amor que siempre existió sigue presente y que esas segundas oportunidades merecen ser aprovechadas para seguir creciendo. Solo en los minutos finales descubre el gran misterio de un viaje ficticio.
Nos cuenta la historia de dos hermanos: Finn, de dieciséis años, y su hermano menor, Charlie, que huyen de casa para evitar que sus padres, en plena ruptura, los separen. Su destino es la casa de su abuelo, con quien no tienen relación, en la salvaje costa oeste de Irlanda, el último lugar donde Finn recuerda que toda la familia fue feliz antes de que comenzaran las peleas. En su viaje de 500 millas por tierra y mar, los chicos deberán sobrevivir gracias a su ingenio, su encanto y la amabilidad de desconocidos, especialmente de Kait, una música callejera de espíritu libre que también huye de sus propios problemas. Pero lo que comienza como una aventura desenfrenada da un giro conmovedor y vital cuando la familia se ve obligada a reunirse de repente y sale a la luz el misterio que hay detrás de la ruptura.
La historia gira en torno a un acontecimiento trágico —como reconoce el cineasta—; sin embargo, nunca resulta sombría. El viaje de los chicos es tanto físico como emocional, lleno de luces y sombras, como suele ocurrir en la vida real. Hermosa película que desborda amor, humanidad y belleza en todo su contenido.







