Análisis desde la fe: “Copying Beethoven”

01/09/2016

Aviso: los artículos de “Análisis desde la fe” incluyen spoilers. Pretenden ser ayudas para cinefórums, para aquellos que ya hayan visto la película. Si no la has visto, no sigas leyendo.

[Juan-Luis Valera – Colaborador de CinemaNet]

CinemaNet Copying Beethoven Analisis desde la fe

Había leído bastantes críticas muy buenas sobre esta película en la red, así que esperaba una buena película. Al terminar, me costaba respirar y estaba pegado a la butaca.

Cuando entré en el cine y vi que había muy poca gente, me acordé de Sophie Scholl: sin duda una de las mejores películas que he visto en tiempos y apenas duró una semana o dos en cartelera en Madrid. Efectivamente, a esta le pasó igual.

Y, sin embargo, es una película soberbia. El punto de partida es que el “representante” de Beethoven necesita un copista para “pasar a limpio” la Novena Sinfonía, pues quedan cuatro días para el estreno y aún no está acabada. Por ello, envían a Anna (Diane Kruger), la mejor estudiante de composición del conservatorio, quien quiere trabajar con “La Bestia”, como llaman al genio por su mal talante, para aprender de él y poder enseñarle su propia obra… Pero Beethoven (Ed Harris) es despiadadamente misógino, y violentamente excéntrico. A partir de estas premisas, la película trata la relación entre estos dos personajes. Es fabuloso el duelo interpretativo, y los diálogos que mantienen son para escucharlos varias veces.

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El inicio de la película es muy caótico y confuso, rápido. Me recordó muchísimo al inicio de El indomable Will Hunting, fragmentado y extraño. Un crítico de cine me explicó que el principio siempre es importante: pretende presentar visualmente la película y a los personajes. Así, en El Indomable Will Hunting quiere presentar la confusión mental y vital del joven protagonista. Aquí, creo que quiere presentar el caos, la rapidez, la confusión de la indescriptible última fuga de Beethoven.

Es impresionante asistir a la relación que se establece entre una mujer firme, con carácter -en su presentación ¡no tiene recato en afirmar que es la mejor!-, y un hombre orgulloso, misógino, un genio intratable como Beethoven. Y ver cómo ambos se ayudan, se apoyan uno en el otro: Beethoven sale de la cárcel de su sordera y de su soledad; Anna sale de su cárcel cuadriculada, de reglas, “cerebral”…

Respecto a la música… casi toda la banda sonora es de Beethoven, claro -¿quién si no?-, y te introduce tan completamente en la cabeza del genio, en su humor y en sus emociones, que casi te sientes parte de él. Los diez o quince minutos que dura el concierto de la Novena Sinfonía son absolutamente impactantes. El diálogo musical, de miradas, de gestos, entre el genio y su copista durante el concierto es tan íntimo que casi te sientes estorbando, pero la Novena Sinfonía te va envolviendo y arrastrando emocionalmente, consigue ponerte el vello de punta. La sucesión de tomas y planos convierte el concierto en un diálogo entre los dos, pero la directora retiene el culmen clásico de esta sinfonía hasta los títulos de crédito.

Es muy hermoso ver cómo ambos personajes hablan de que la música, el arte, debe ser algo vital, de la experiencia. No algo cerebral ni sentimentaloide, sino algo que venga de las tripas, de la propia experiencia de la vida. Y, en el mismo sentido, la relación con Dios. En la película mezclan continuamente los dos lenguajes, como puede verse paradigmáticamente en la descripción que hace Beethoven de la música y de los músicos, una descripción que podríamos llamar “sacerdotal”, al compás de unas lejanas campanas -que son un signo tópico de la fe-.

Anna y Beethoven hablan continuamente de Dios: Beethoven cree que la música es la voz de Dios y está rabioso contra Él porque, dice, “a algunos Dios les susurra al oído, a mí me grita, me infesta la cabeza con melodías y me arrebata el placer que les concede a los demás de escucharlas”. Los diálogos entre ellos y la relación con Dios de estos dos personajes contrapuestos convierten a Copying Beethoven en un fabuloso tratado teológico completamente humano… Y eso que la relación que Beethoven tiene con Dios es muy peculiar: “Somos dos osos en una cueva”, dice. A través del diálogo con Anna, descubres que Beethoven tuvo un padre violento, que le hace difícil concebir a Dios como Padre Bueno. La experiencia de la paternidad marca la relación con la divinidad. Y, sin embargo, Beethoven busca continuamente a Dios.

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Me entusiasma la llamada a una relación con Dios desde lo interior, desde lo que te importa, desde la vida en sí misma, y no desde frías teorías o sentimientos volátiles. “Sólo se llega a lo divino desde las tripas del hombre”. Está hablando de la música, de “abrir la música a lo visceral”, pero también está hablando de Dios. O al menos, yo interpreto esto como una llamada a vivir la relación con Dios desde la experiencia, desde lo que realmente vivimos.

Esa llamada a la pasión, a la vida vivida en plenitud, se percibe también en el “enfrentamiento” de Beethoven con Martin (Matthew Goode), el novio de Anna: “Le falta vida, gracia, pasión, es algo muerto que no tiene gracia”. “¿Cómo se siente ahora? ¿triste? ¿enfadado? ¿furioso? ¿con ganas de matar? ¡Construya otro puente a partir de eso!”, le dice al novio de la copista el músico. El arte -y la relación de amistad íntima con Dios- tiene que estar conectado con las experiencias que tenemos en la vida, tiene que transmitir “pasión”, “vida”; si no, se queda muerto… Martin es un hombre sereno, racional. Y a medida que Anna va dejando de ser tan “cerebral”, va deteriorándose su relación con el ingeniero.

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Hay una escena soez del genio mostrando el trasero. Una escena que te lleva de lo sublime a lo vulgar, desagradable. Algo que, a mi juicio, demuestra bastante el aspecto de locura del genio, y rompe toda la posibilidad de atracción sexual, rompe la interpretación que podría hacer alguien de que ella estuviese allí por atracción física. Demuestra que Beethoven podría ser terriblemente desagradable, hasta el vómito. El maestro está explorando los límites con ella, y se desborda en muchos momentos. Cuando habla de la “flatulencia intelectual” es un gran ejemplo. Parece que la cosa ha ido a mejor, dice esa burrada y… ¡Beethoven descubre que le importa haberle hecho daño!

Otra escena que me desconcertó muchísimo y aún hoy no estoy seguro de su significado es la escena del baño: Beethoven pide en un momento de la película a Anna que lo lave. En la magnífica crítica de Vicente Huerta en el blog Ser Persona leí una clave que me parece muy luminosa: se trata de un “baño purificador”. Beethoven ha ido, poco a poco, cambiando. La benéfica presencia de Anna le ha ayudado a ir saliendo de sí mismo, de esa cárcel a la que me refería al inicio, causada por su sordera, su violenta relación con Dios y el mal genio con el que trata a todos los que le rodean.

Pensemos en los lavados violentos que se hacía él mismo antes y que tantos problemas provoca a sus vecinos, de quienes no se preocupa en lo más mínimo. Pero, lentamente, ha ido viendo a Anna como una enviada de Dios. El mismo Beethoven lo dice: “Dios me la envió a usted! Le doy mis notas a través de los barrotes. Es la llave de mi liberación… Láveme…”. Y Anna le lava el torso y los pies. No hay asomo ninguno de sensualidad, es el signo de un anhelo de purificación. Tras el baño, curiosamente, vemos a Anna adoptando un carácter más obsesivo hacia la música, las escenas narran su dedicación a la composición.

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Como decía al principio, la liberación es mutua: Beethoven sale de la cárcel de su sordera, su mal genio y de su soledad; Anna sale de su prisión del control, de las reglas sin pasión, “cerebral”. Le sigo dando vueltas, pero es verdad que -cada vez que lo pienso- sólo me cabe la hipótesis de ese lavado purificador.

En conclusión. “Copying Beethoven” es una película magnífica para hablar de la relación que cada uno tenemos con Dios y para entender que Dios no nos encarcela, y que tampoco nosotros debemos encarcelarle en una relación puramente cerebral o vanalmente emotiva. A Dios hay que buscarle desde las entrañas, desde nuestro interior, en la pasión de una vida vivida en plenitud. Hay que buscarle en un amor que nos desborda, y que nos llama, y que nos eleva, como los violines de la acción de gracias final de Beethoven.


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