Esta película me recuerda en algunos aspectos a El ciudadano ilustre (2016), una de las obras incluidas en mi ranking personal de las 1.000 mejores películas de todos los tiempos. Se trata de una comedia negra que convive con el drama social y existencial, una mezcla arriesgada que funciona gracias a una actuación soberbia de Ubeimar Ríos y a un elenco secundario que está a gran altura, aportando verdad y matices a cada escena. Son 120 minutos que se pasan volando, porque la película atrapa desde el primer instante: el personaje del poeta seduce como un verso bien construido, como una poesía que duele y acaricia al mismo tiempo. Hay un guion sólido, un gran montaje que equilibra ironía y tragedia, y una puesta en escena que retrata con realismo la precariedad cultural y educativa de ciertos contextos latinoamericanos.
La historia está dividida en cuatro partes —El fracaso, Magnus Opus, El arte siempre vende y El poema feliz—, una estructura que no solo ordena el relato, sino que marca las distintas etapas emocionales del protagonista. Estamos ante la historia de un fracasado: alcohólico, incomprendido por su familia —solo su madre lo quiere sin condiciones—, sin trabajo estable porque su única aspiración es ser poeta, aunque sus libros no se venden y su nombre no figura en ningún circuito literario relevante. Consigue empleo como profesor en un colegio y, en un paralelismo inevitable con la película Otra ronda, necesita beber alcohol para poder dar clases que son un poema improvisado, caóticas y brillantes a la vez; los alumnos se ríen de él hasta que un día descubre a una alumna de 15 años que escribe en un cuaderno poesías cautivadoras y tristes, llenas de una madurez inesperada. Decide llevarla a un certamen literario y convertirse en su mentor.

A partir de ese momento, su vida cambia por completo. Encuentra sentido ayudando a esa joven —casi una hija espiritual— y comienza a transformarse en una mejor persona. Los alumnos empiezan a respetarlo, sus clases se llenan de entusiasmo y la poesía deja de ser una obsesión egoísta para convertirse en un puente hacia los demás. Pero, como en la vida misma, siempre hay obstáculos. El poeta, como le dice un amigo, es “un problema ambulante”, y cuando la historia entra en su fase más luminosa, el guion da un giro notable que reconfigura las cuatro partes con coherencia y fuerza dramática.
Es una película para los fracasados —y para quienes alguna vez se han sentido así—. Porque, como dice la hija del protagonista en una de las frases más poderosas del filme, “siempre se puede salir adelante”. El poeta es bondadoso, tiene un gran corazón, tan grande que incluso la familia de la adolescente termina aprovechándose de él. Y, aun así, su ternura no desaparece. Hay pocas películas que hayan retratado a un fracasado con tanta delicadeza y compasión, sin burlarse de él, sin convertirlo en caricatura. Mi puntuación es un 8 sobre 10, bordeando el 9. Ganadora en el Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, con el Premio del Jurado.







