Últimos días en el desierto

31/03/2017

El colombiano Rodrigo García vuelve al largometraje ofreciendo un cambio de tercio en su filmografía con esta historia sobre la figura de Cristo y con una aproximación más centrada en su humanidad que en su divinidad. El desierto sirve de telón de fondo donde enfrentarse sin escapatoria a conflictos y temas humanos universales como la familia, las relaciones paterno-filiales, el silencio, la (in)comunicación y la vocación en la vida.


CinemaNet Ultimos días en el desierto Ewan McGregor

Título Original: Last Days in the Desert
Dirección: Rodrigo García
Guión: Rodrigo García
País: EEUU
Año: 2015
Duración: 95 min.
Género: Drama
Interpretación: Ewan McGregor,  Tye Sheridan,  Ayelet Zurer,  Ciarán Hinds,  Susan Gray
Productora: Mockingbird Pictures
Fotografía: Emmanuel Lubezki
Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans

Estreno en España: 31 de marzo de 2017


SINOPSIS

Jesús de Nazaret (Ewan McGregor) se ha retirado durante 40 días de ayuno y oración antes del inicio de su vida pública en la que se presentará como el Mesías anunciado al pueblo judío. Durante estos días de silencio y soledad, recibe las esporádicas visitas del demonio, decidido a tentarle y sembrar dudas en cuanto a su misión e identidad. A punto de abandonar el desierto, se encuentra con una familia formada por un padre, su esposa enferma y un joven hijo que sueña a espaldas del padre con un futuro en la ciudad de Jerusalén. Jesús decide permanecer con ellos unos días más y ayudarles, ocasión que aprovecha el demonio para tramar una nueva tentación en forma de apuesta: a cambio de dejarle tranquilo durante un tiempo, debe resolver los problemas de esta familia de un modo satisfactorio para todos ellos.


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CRÍTICA

[Eduardo Navarro Remis. Colaborador de CinemaNet]

Hacer una película de temática religiosa en los tiempos que corren es una apuesta arriesgada, hay que reconocerlo. Sin ir más lejos, a Silencio de Martin Scorsese le hicieron el vacío en la última edición de los Oscar, con tan solo una nominación, sin premio, por su fotografía. Pero si además está centrada en el personaje de Jesús de Nazaret y se escoge como arranque de la historia un pasaje de su vida del que apenas tenemos datos, los riesgos de no salir airoso son aún mayores. Con todo esto en contra, se puede decir que Rodrigo García ha conseguido extraer el potencial dramático a los días que, según el relato de los evangelios, Jesús pasó en el desierto antes del inicio de su vida pública.

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El resultado es un acercamiento intimista a la figura humana de Cristo. Una aproximación que, sin negar su divinidad, se centra más bien en las diatribas interiores de un hijo que se sabe llamado a una misión singular y que antes de lanzarse a ella necesita reflexionar sobre su misión y su relación con su Padre.

El director colombiano, hijo del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, llevaba seis años sin dirigir un largometraje tras Albert Nobbs, película que le valió tres nominaciones a los Oscar. Sus anteriores incursiones en el drama, con la excepción de Passengers (2008), estuvieron centrados en pequeñas colecciones de historias, a veces interconectadas, protagonizadas por mujeres.

Tanto en Madres e hijas (2009), como en Nueve vidas (2005), Ten tiny love stories (2002) o Cosas que diría con solo mirarla (2000) basta un simple vistazo a las carátulas para hacernos a la idea de su temática: un mosaico de relatos desde la perspectiva femenina acerca de las relaciones de familia y de pareja, los hijos, la adopción, las relaciones que dejan huella… Por eso Los últimos días en el desierto supone un cambio significativo en su filmografía, aunque siga presente la temática familiar.

Ewan McGregor asume la responsabilidad de encarnar a Jesús. Resulta llamativo que este actor comparta cartelera con otra película en la que interpreta a alguien situado en las antípodas como es su Renton de T2 Trainspotting, si bien la coincidencia se debe en este caso al retraso en el estreno de la cinta que nos ocupa. El actor escocés, pese a su juventud, ya nos tiene acostumbrados en su prolífica carrera a variados registros interpretativos, desde musicales como Moulin Rouge (2002), pasando por comedias como Los hombres que miraban fijamente a las cabras (2009), películas comerciales de acción y aventuras como los episodios I, II y III de la saga de Star Wars (1999-2005), La isla (2005) o Black Hawk derribado (2001), y otros títulos de menores pretensiones como Beginners (2010), Young Adam (2003) o Tocando el viento (1996).

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Su caracterización del personaje se aleja un poco de la visión “clásica” de Cristo a lo largo de la Historia, más pegada a la fidelidad al relato evangélico y centrada en su divinidad. Pero -como el propio director ha reconocido en diversas entrevistas- su intención era actuar con libertad creativa para centrarse en su humanidad y el conflicto que le supone afrontar su peculiar misión. Este Jesús pasa frío, se enfada, ríe y llora; tiene pesadillas y se asusta en la tempestad, aunque al mismo tiempo la encuentra emocionante.

Decide marcharse y al poco se da media vuelta o desea encontrar las palabras adecuadas para consolar al que sufre, como entrenándose para la tarea que le aguarda, siempre en clave de salvación. No obstante, el resultado final -con ligeros matices argumentales- no entra en conflicto con la visión oficial, ya que aquí incluso se presupone y se da por cierta la capacidad de Jesús de realizar milagros y la presencia del demonio no es fruto de una alucinación por la flaqueza y debilidad ante las condiciones extremas del desierto.

Esta presencia tentadora y antagonista del demonio supone un audaz recurso narrativo, quizá la aportación más original de la película, ya que tanto él como Jesús son interpretados por Ewan McGregor. El ángel caído aparece así como una especie de alter ego o versión en negativo o, más bien, queriendo indicar que el peor enemigo de Jesús es él mismo si se deja llevar por las dudas acerca de su verdadera identidad. Los diálogos más interesantes se producen en sus duelos dialécticos, en los que, al mismo tiempo, llegan a conseguir cierto grado de intimidad y cercanía. Incluso a veces parece que el demonio aventaja al propio Hijo en el conocimiento del Padre -entrando, aquí sí, en contradicción con los relatos evangélicos en los que Jesús afirma conocer y ser uno mismo con Él-.

El tiempo y montaje de la película son lentos, como no podía ser de otra manera, pero el ritmo no decae gracias a una duración total contenida y a la profundidad de los diálogos. También ayuda la magnífica fotografía y el papel simbólico del propio desierto. En la captación de su aridez y belleza salvaje destaca el magistral trabajo, como siempre, del triplemente oscarizado Emmanuel Lubezki -por El renacido, Birdman y Gravity colaborador habitual de directores como Terrence Malick o Alejandro González de Iñárritu, entre otros.

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El “Chivo” logra captar los matices y poder evocador del paisaje de estas tierras desoladas gracias a la utilización de la luz natural y rodando en las llamadas “horas mágicas”, las de la salida del sol y el ocaso. De este modo el desierto se convierte en un personaje más y sirve de paradójico cauce de encuentro con la familia interpretada por Ciarán Hinds -el padre-, Ayelet Zurer -la madre- y un joven Tye Sheridan -el hijo- a quien ya vimos en El árbol de la vida (2011), del propio Malick. La influencia del director texano se deja ver asimismo en ciertos aspectos temáticos. Al igual que en la mencionada El árbol de la vida, la historia adopta aquí forma de parábola, con una familia universal que representa a todas y donde afloran las dificultades de las relaciones paterno-filiales.

El padre, autoritario y alejado de su hijo, a quien no obstante ama, desea atarlo al desierto -la tradición, el pasado-, pero desconoce que lo que su hijo anhela de verdad es irse a la ciudad a trabajar -el futuro-. Ambos se encuentran atados por la obligación de cuidar a la esposa y madre gravemente enferma -el presente-, pero que al mismo tiempo desea que su hijo pueda cumplir su sueño.

En otra entrevista, Rodrigo García se reconocía admirador de Martin Scorsese y de su representación de Jesús en La última tentación de Cristo (1988) -una de sus películas favoritas, dice-, si bien por temas, tono e intereses en esta ocasión tenga más que ver con la anteriormente mencionada Silencio. Al igual que en ella, lo que aquí también se nos ofrece es una reflexión sobre la fe y los -aparentes- silencios de Dios, algo a lo que solo se han atrevido pocos directores, y precisamente no desde una perspectiva estrictamente de fe, como Bergman o Passolini.

Por eso, es de agradecer que en el necesario diálogo entre fe y razón aparezcan películas como esta que tienden puentes y nos ayudan a profundizar en el semblante humano de Jesús. Sin pretender tener la respuesta final, ofrece una mirada respetuosa y digna sobre el legado e importancia histórica del personaje, como cuando el demonio increpa a Jesús acerca de lo que su padre espera de él: “¿Crees que a alguien le importará? ¿A los hombres de dentro de mil años?”. La propia realización de esta película, dos mil años después, parece certificar que, de alguna manera, se ha mantenido el interés.


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