Las llaves de casa

06/09/2006

ESTRENO/PELICULA RECOMENDADO/A POR CINEMANET
Dirección: Gianni Amelio.
Países: Italia, Francia y Alemania.
Año: 2004.
Duración: 105 min.
Género: Drama.
Interpretación: Kim Rossi Stuart (Gianni), Charlotte Rampling (Nicole), Andrea Rossi (Paolo), Alla Faerovich (Nadine), Pierfrancesco Favino (Alberto), Michael Weiss (Andreas), Barbara Koster-Chari (Enfermera), Anita Bardeleben (Doctora), Bernd Weikert (Policía), Thorsten Schwarz (Enfermero).
Guión: Gianni Amelio Sandro Petraglia y Stefano Rulli; basado en la novela “Nacido dos veces” de Giuseppe Pontiggia.
Producción: Elda Ferri y Enzo Porcelli.
Música: Franco Piersanti.
Fotografía:
Luca Bigazzi.
Montaje: Simona Paggi.
Diseño de producción: Giancarlo Basili.
Vestuario: Piero Tosi y Cristina Francioni.
Estreno en España: 7 Octubre 2005.


SINOPSIS

Víctima de un parto traumático, Paolo tiene una minusvalía física y mental, y debe viajar a un hospital especial en Berlín para seguir su rehabilitación. Gianni, que acompaña al muchacho a Berlín con la esperanza de conocer al hijo que una vez abandonó, se topa con Nicole, una mujer de carácter que ha dedicado su vida por completo al cuidado de su hija, también discapacitada. A través de sus conversaciones, Nicole ayuda a Gianni a superar la culpa de haber abandonado a Polo. Esta epifanía desemboca en una inesperada y frágil felicidad entre padre e hijo, que acabarán descubriéndose el uno al otro en un lugar lejos de casa.


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CRÍTICAS

[Iñigo gernika – the dreamers]

Un año después de su existencia, aparece al fin por nuestros lares la nueva propuesta cinematográfica de Gianni Amelio, director italiano que se ya se hiciera famoso por obras de la talla de “Niños Robados” o “Lamérica”.

Basada en la novela “Nacido dos Veces”, de Giuseppe Pontiggia, es, desde mi punto de vista, la película más redonda del director italiano. Y la cosa no se queda ahí. Es, sin lugar a dudas, una de las mejores obras italianas desde hace mucho tiempo.  Fue convocada como la propuesta italiana a los Oscar para la mejor película de lengua extranjera. Pero eso es lo de menos. Cualquier premio, hablando de una película así, resulta algo secundario.

La película es preciosa. Conmovedora. Es todo un alegato a favor de la vida, a favor de la gente que, aún con sus dificultades, posee la fuerza necesaria para saborear todos y cada uno de los trozos de su existencia. Nos habla de esas personas inocentes, de esas personas que dan verdadero sentido y valor a la vida, de esas personas que transmiten alegría y cariño. Nos habla de esos discapacitados que luchan por sobrevivir… pero también nos habla de los que luchan en el otro lado.

Lo que, en principio, podría convertirse en otra película que maltrata el valor verdadero de este problema para convertirlo en un cuento lacrimógeno y simplón (típica historieta de superación), termina siendo un film alejado de cualquier concepto ya sobado. No hay maniqueísmos por ningún lado, ni un afán directo para conmover al espectador. Sólo hay una vida. Una vida que se nos relata de una forma sencilla, creíble, cercana y sincera. Sin artilugios de ninguna clase.

Es estremecedora, sí, y también tierna y dulce. Pero su terrible intensidad, que penetra en lo más profundo de las almas sensibles (que hoy en día escasean, tristemente), está retratada con todos los respetos posibles, con una sutileza tan cercana a la vida común que realmente impresiona. En muchos momentos da la sensación de estar visionando una especie de grabación casera, un documental que simplemente nos pone en los ojos lo que pasa y lo que la lente graba. Nada de manipulaciones para provocar sensaciones.

Acompañando a ese hecho, se encuentra, obviamente, el limitado presupuesto con el que se ha llevado a cabo el film. Pero eso no es un impedimento de ninguna de las formas. Más bien al contrario. Si se deja llevar por una mano así, da resultados mucho más cercanos y emotivos.

Y como colofón tenemos el punto de las interpretaciones. Kim Rossi Stuart está sensacional, contenido en algunos momentos, desgarrador en otros, transmitiendo vergüenza, lástima, felicidad… todo un derroche interpretativo. Pero para comérselo a bocados, ahí está la veterana Charlotte Rampling, ofreciendo clases indiscutibles de cómo hacer un papel soberbio. Acaricia en algunas escenas, derrumba en otras. Su contención provoca en el espectador mucho más dolor aún, destacando, así, escenas como la sublime conversación en la estación, en la que unos planos del rostro de Charlotte se funden con la presencia silenciosa, secundaria, observadora, trasera, de Kim Rossi Stuart. Una escena tan sublime como reveladora. Uno de los puntos más importantes de la película, que nos plantea una de las preguntas clave de estas historias (ésta sería la moral, mientras que la otra pregunta estaría asentada en la relación familiar y sus derechos). Una escena que resultará inolvidable para el que la pueda presenciar. Tanto por el hecho de que Charlotte se come toda la pantalla ella solita, como por el significado de tales palabras.

Pero quería dejar a Andrea Rossi para después. Y es que él se merece mención especial. Un niño tierno, mágico, lleno de vitalidad. Un niño que comparte en la vida real discapacidades con el personaje de Paolo. Una gozada de chico que hace una interpretación inolvidable, llena de detalles de un nivel insuperable. Nos hace reír, nos hace llorar, hace que nos planteemos muchas cosas, y, sobre todo, logra que toquemos muy de cerca el verdadero valor de la vida. Solamente alguien así nos enseña lo que la vida realmente es. Por mucho que nosotros creamos saber. Ellos saben mucho más. Cada vez que recuerdo su presencia en el film, se presenta en mi interior una especie de mezcla entre cariño, ternura, intensidad y emotividad. Un golpe de vida, a fin de cuentas. Un niño sensacional. Un niño que representa la continuidad de una existencia, que sabe reflejar que ese tipo de personas son, realmente, las que riegan nuestros jardines.

 Así, al lo largo del film descubriremos muchas cosas. Algunas de ellas, que escapan a algunas personas que se enorgullecen de su inteligencia. Descubriremos a un Gianni que va madurando asombrosamente a lo largo del metraje. Una persona irresponsable en su comienzo, que deja todo a un lado por su incapacidad para afrontar la vida. Y se ve obligado por ese hijo, al que tanto comienza a necesitar y a amar, a descubrir de golpe lo que es la lucha. A descubrir que, en ocasiones, él mismo pasa a convertirse en el hijo y Paolo pasa a ser su padre protector. Tendrá que dejarse llevar y ver cómo su relación con Paolo evoluciona. Sin etiquetas de ninguna clase. A veces ni se distingue quién es más natural e infantil.

Descubriremos en el personaje de Charlotte, por ejemplo, cómo una persona puede ser retratada de una forma tan sincera y respetuosa. Con sus dudas y remordimientos, con su cariño y su egoísmo. Con ella aprenderemos a ver la diferencia que existe entre las películas a la hora de tratar personajes de forma natural. Eso no se puede forzar, hay que sacarlo del interior. Y ya no voy a nombrar su aparición en la película, que destroza la pantalla y todo lo que hay en ella en esos momentos. Descubriremos que la vida ya tiene sus dificultades como para que nosotros la compliquemos más.

Con “Las Llaves de Casa” viviremos momentos duros, tiernos, emotivos y, ante todo, divertidos. Ya veréis lo que os hará reír Paolo con algunos de sus comentarios. Una delicia de chaval. Sublime metáfora, por cierto, la de las llaves de casa. Y muy bonito el guiño de la escena en la que Charlotte lee, curiosamente, el libro “Nacido dos Veces”.

Hay, sinceramente, muy pocas cosas que pueda achacar, personalmente, al film. Posiblemente aparecen algunos detalles fallidos o algunas ligeras torpezas, o unos primeros planos en movimiento, que, a veces, resultan cercanos al movimiento Dogma y pueden llegar a incomodar. Pero creo que son necesarios para sentir lo que las propias personas sienten, y te olvidas por completo de esos detalles. La música es terriblemente correcta, con una utilización justa en su medida. Y con algunos temazos que llegan a emocionar. Y la fotografía… pese a su escaso presupuesto, posee situaciones preciosas, relajantes y embriagadoras. Como el paseo en barco, con ese momento tan bonito que sucede cuando Gianni se ve desbordado de alegría y juega a hacer locuras con Paolo.

Resumiendo: Una película inolvidable en muchos aspectos, que, a día de hoy, apenas se ve por el mundo del celuloide ante tanta zafiedad. Una de esas películas independientes, sin trampa ni cartón, que nos muestran la vida tal y como es. Nos enseñan cómo acariciarla. Un soplo de aire fresco repleto de realismo, con un ritmo necesariamente pausado, coherente, sincero, que se rige por el lógico camino de la maduración. Todo un portento de emotividad susurrada, sin exageraciones ni turbulencias. Un ejercicio de buen gusto y saber hacer. Un grito de esperanza para con la humanidad. Un viaje hacia la redención, con una compañía tan tierna como la de Paolo. Un chaval que se quedará anclado en tu corazón durante mucho tiempo.


[Julio Rodríguez Chico]

La medicina del cariño

El director de “Lamerica” y “Niños robados” nos ofrece un drama intimista en torno a la enfermedad de un niño minusválido desde el nacimiento, y a un padre que vive con el sentimiento de culpa de haberlo abandonado tras morir su madre soltera. Como ya hiciera al acercarse al problema de la inmigración, la cámara de Gianni Amelio mira con humanidad a quienes la sociedad juzga como desfavorecidos y marginales: sus personajes son seres indefensos y sencillos, pero con una riqueza interior que conmueve al especta-dor y que los convierte en despertador de una sociedad egoísta y deshumanizada.

Paolo es un niño huérfano de quince años, con deficiencias físi-cas y mentales desde el parto. Gianni, su padre, le abandonó al conocer su deformidad, pero ahora ha accedido a llevarle a Berlín para una operación que le recupere su salud. Ambos iniciarán un viaje primero hacia Alemania y después a Noruega —en busca de un amor platónico que el chico ha conocido por internet—, que se convertirá en otro interior de mutuo conocimiento y aceptación. En el hospital, Gianni conocerá a Nicole, mujer que ha dedicado su vi-da al cuidado de su hija —también discapacitada—, y que le servi-rá de guía de aprendizaje para superar su culpa pasada y a no aver-gonzarse del hijo enfermo.

Por encima de la historia personal, el director disecciona un mal de nuestro tiempo: el hedonismo como camino de búsqueda de la felicidad, junto a la huida y rechazo del dolor como obstáculo para alcanzarla. Para salir al paso de ese planteamiento, será la propia Nicole quien diga a Gianni que el problema no lo tiene el enfermo —al que la propia enfermedad protegerá al provocar compasión en los demás—, sino la familia y la sociedad, que no acaban de des-cubrir su riqueza y aportación; o también la enfermera del hospital, que señalará al padre que esconde su identidad que allí se curan enfermedades, no la vida privada de la gente.

El espectador puede sentirse incómodo por momentos, ante escenas dolorosas como la del niño que se es-fuerza por andar en la sala de rehabili-tación o cuando los nervios le condu-cen a oscuridades interiores que de-sesperan al sufrido padre: Amelio no escatima la dura realidad ni la vis-te de discursos utópicos y fáciles, sino que deja ver tanto la cara co-mo la cruz de la enfermedad. Sin embargo, ese sufrimiento, el modo tan humano de recogerlo y trasmitirlo, ayudarán a quien vea la película a sentirse más humano, mejor persona: los más nobles sentimientos aflorarán y descubrirá el valor de los considerados como seres “improductivos”, “carga” o “desgracia”; con razón, vemos cómo al comienzo el tío de Paolo le echa en ca-ra a un Gianni temeroso y dubitativo que “tienes un hijo que no te mereces”.

No obstante, no estamos ante un cine sentimental o edulcorado. Amelio busca la realidad más pura, sin grandilocuencia ni conmise-ración, y logra un equilibrio no exento de dramatismo y emotividad. Muchos de sus planos respiran cierto aire documental: en es-te sentido, convencen más las escenas del niño en su esfuer-zo diario por convivir con sus limitaciones que los intentos de aproximación de un Gianni a veces algo artificioso, y éstos más que las apariciones de Nicole, personaje que sirve más bien de catalizador para trasmitir su pensamiento sobre la verdadera en-fermedad de la sociedad: la falta de auténtico cariño, única llave pa-ra abrir la puerta que conduce a la felicidad. Con la cámara por las calles alemanas y el frecuente recurso a los primeros planos, la pe-lícula adopta un aire fresco y lleno de verdad. Las interpretaciones son convincentes para una película que tiene toda su fuerza en la historia y en la mirada del director, con un Andrea Rossi que pone sus discapacidades al servicio del personaje y una Charlotte Rampling que encarna con sutileza y contención su drama familiar.

Historia personal sobre la necesidad del amor —la escena en que Paolo escribe la carta a Kristine es sencillamente antológica—, sobre la dignidad de cualquier persona y sobre el valor del dolor y el sufrimiento. Auténtica bofetada a la mentalidad hedonista y de triunfo, y lección de cine sincero y humano. Al final, el es-pectador se sentirá removido por la realidad mostrada, e in-clinado a mirar lo que de más valor hay en la vida.


[Miquel – FilmAffinity]

Emocionante relato del descubrimiento mutuo de un padre inmaduro y de su hijo con discapacidad. Dirigido por Gianni Amelio (“Lamerica”, 1994), el film se inspira en la novela “Nati due volte” (2000), de Giuseppe Pontiggia, basada en la historia de su hijo. Se rodó en Berlín (Alemania) y Noruega, entre mayo y julio de 2003. Fue nominada al Oscar a mejor película extranjera. Se estrenó el 10-IX-2004.

La acción tiene lugar en Berlín y Noruega, en 2003, a lo largo de una semana. Narra la historia de Gianni (Kim Rossi Stuart), de unos 35 años, casado y padre de un bebé de pocos meses, técnico de una fábrica de electrodomésticos de línea blanca. A los 19 años dejó embarazada a su novia, que murió en el parto, tras dar a luz un niño, Paolo, con parálisis cerebral, del que se desentendió sin conocerle. A petición médica, cuando Paolo (Andrea Rossi) tiene ya 15 años, Gianni accede a acompañarlo a Berlín para una revisión médica.

La película explica las muchas capacidades de las personas con discapacidad como Paolo, paralítico cerebral, con discapacidad cerebral y motriz. Anda con autonomía, pero con gran dificultad, y no acierta a distinguir entre la seguridad y el peligro, lo bueno y lo malo. Es un chico dicharachero, inocente, cariñoso y simpático. En el Hospital berlinés, Gianni conoce a Nicole (Charlotte Rampling), madre de una niña discapacitada física y mental profunda, de 20 años, a la que dedica desde que nació toda su vida. Las confidencias entre ambos demuestran a Gianni que ser padre de un hijo con discapacidad puede ser fuente de felicidad. La interacción entre padre e hijo da paso a la constatación de que Paolo es una persona encantadora. Los sentimientos de culpa, ahogados en un olvido forzado, emergen en Gianni de un modo incontrolable. La tensión dramática se apoya en los temores iniciales de Gianni ante el encuentro con el hijo, la vivencia de las pruebas médicas, alguna de las cuales le resulta insoportable de ver, el extravío del chico, el relato de Nicole, el conocimiento de Nadia (Alla Faerovich) y de otros chicos y chicas con discapacidad y la explosión de los sentimientos de culpa. Durante una semana padre e hijo aprenden no sólo a convivir, sino también a conocerse mutuamente y a descubrir su afecto.

La música hace uso de emocionantes solos de piano, violín, flauta, saxo, guitarra y de marimba y vibráfono. Hacia el final añade dos canciones conmovedoras: “Deus do fogo e di justiça” (Virginia Rodrigues) y “Quanti anni hai” (Vasco Rossi). La fotografía hace uso de primeros planos psicológicos, planos largos, luces dispersas, colores tenues y encuadres marcados por una ligera inestabilidad de la cámara. El guión centra el realto en los personajes y su mundo interior, sin sentimentalismos innecesarios. La interpretación del niño es extraordinariamente natural y fluida. Sobria y soberbia Charlotte Rampling. La dirección impone un ritmo pausado, acorde con el sentido intimista y reflexivo del relato.

La película apuesta por la normalización de las relaciones entre las personas sin discapacidad y con discapacidad.


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