Te querré siempre: Milagro en Nápoles

22/05/2014

[Julio R. Chico – Colaborador de CinemaNet]

En 1954 Roberto Rossellini volcaba sobre el celuloide su propia vida personal al dirigir a su mujer Ingrid Bergman en Te querré siempre (Viaggio in Italia) y preludiar su divorcio de la actriz sueca. A su vez, la cinta se convertía en bisagra entre el cine europeo y el americano, entre el cine de autor y el star system, y nacía una película canónica para hablar de la vida en pareja y de las dificultades para mantener una relación desde la incomunicación y la negación de la interioridad. Alexander y Katherine son un matrimonio inglés que viaja hasta Nápoles para vender una villa que han heredado. Lo hacen en coche, porque así tendrán una ocasión para estar más tiempo juntos del habitual y comprobar si su relación tiene futuro, si cabe el milagro para una situación deteriorada por el tiempo, por la ausencia de los hijos o por cualquier otro motivo.

De esta manera, Te querré siempre se levanta como una auténtica road movie sentimental de la pareja protagonista, que se debate entre creer que el amor es eterno si se somete el orgullo y se inicia la aproximación al otro o renunciar a una segunda oportunidad y zanjar un sentimiento que ha sido sepultado por la lava de un volcán como el Vesubio. La carretera de la primera secuencia marca ese camino que recorren juntos, en silencio, mientras que su actividad en tierras italianas discurre por senderos distintos: entre la soledad de una mujer que se entretiene jugando al solitario o visitando museos y la de un marido que se escapa a Capri para coquetear en una fiesta con amigos, para terminar reuniéndose en una visita a las excavaciones de Pompeya y experimentar el shock emocional que supone contemplar una vida terminada juntos como paso previo al milagro de verse a sí mismos durante la procesión religiosa, ya en la ciudad. La cámara ha acompañado a Katherine en sus correrías por Nápoles y a Alexander en sus devaneos por Capri para juntarles y separarles en la escena del volcán -gráfica es la forma en que les filma separándose en su aproximación al coche- o en la procesión de piedad popular. En ese tiempo de reflexión, la muerte ha estado presente con la comitiva de un entierro que se les cruza, con los enterramientos en las catacumbas o con esa súbita sepultura bajo la lava volcánica. Son metáforas de un amor que agoniza y de una vida que termina, y reclamos para levantar la mirada y dejar de herirse con frases punzantes o con indiferencias manifiestas. Todo queda bien expresado en esas últimas palabras que se dirigen entre el bullicio de la calle, en un nuevo intento por aparcar el orgullo y la complicación de adultos, y de reconocer con la sencillez de los niños que el milagro -el cambio- puede darse en cualquier momento. No sabemos qué sucedería después al matrimonio inglés -sí al de Rossellini y Bergman-, pero en ese viaje ambos habrán experimentado la hiel de la soledad, el desencanto de una posible relación que no prospera, y la amargura de un orgullo narcisista.

El director italiano se ha servido aquí de una puesta en escena naturalista -casi documental- en la línea de cierto neorrealismo evolucionado, con tipos populares y con un ambiente que huye de cualquier dramatismo social o personal. No interesa mostrar una realidad concebida a priori -la crisis matrimonial, por ejemplo-, sino dejar que esa realidad se revele y se manifieste, libre y verdaderamente, a través de las propias imágenes. No importa la historia de los sucesos -mínima, por otra parte, y sin giros manifiestos-, sino que estos reflejen un estado anímico de los personajes y que sea de la manera menos manipulada posible. De esa manera, Rossellini rompe el raccord de las imágenes e intercala, por ejemplo, planos de mujeres embarazadas junto a otros de Katherine observándolas: con las primeras no trata de mostrar ninguna realidad, sino únicamente busca atrapar esa parte de ella y recoger su efecto en el alma de una mujer que anhela lo que no tiene y quizá ya nunca tendrá. En esa puesta en escena y en esa construcción narrativa radica la modernidad cinematográfica de Te querré siempre, que la convierten en clave de la historia del cine y en una manera nueva de afrontar la verdad de la realidad.

De la misma forma, Rossellini nos da unos diálogos precisos donde no sobran las palabras y donde los tiempos muertos cobran valor, a la espera de los acontecimientos futuros y de su repercusión en el alma de los protagonistas. Así se entiende el impacto sufrido en las ruinas de Pompeya, largamente esperado durante un tiempo de ociosidad donde no pasa nada, y la posterior epifanía en la procesión religiosa. Hemos asistido a un proceso cinematográfico novedoso, distinto a la dramaturgia de Hollywood y también a la europea vista hasta la fecha, donde se aspira a capturar un trozo de realidad -la película no tiene un comienzo ni un final- con la improvisación como marco para el rodaje, con el paisaje visto como protagonista con el que chocan los viajeros y a los que llega a transformar, y con la sobriedad interpretativa que permite sacar lo mejor de Ingrid Bergman y de George Sanders. El resultado es un auténtico milagro de cine, si no lo ha sido también para un matrimonio en horas bajas que necesitaba recuperar su propia fe y experimentar su propio renacer.

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