El viajante

03/03/2017

Lo que cuenta El viajante está tan pegado a la condición humana común que apenas se nota la distancia geográfica y cultural para un espectador occidental: Asghar Farhadi trae un drama sobre las pequeñas batallas y sobre las grietas silenciosas que pueden resquebrajar una vida en común.


El viajante Asghar Fahradi Oscar Irán

ESTRENO RECOMENDADO POR CINEMANET

Título Original: Forushande
Dirección: Asghar Farhadi
Guión: Asghar Farhadi
País: Irán
Año: 2016
Duración: 125 min.
Género: Drama
Interpretación: Shahab Hosseini,  Taraneh Alidoosti,  Babak Karimi,  Mina Sadati
Productora: Arte France Cinéma / Farhadi Film Production / Memento Films Production
Fotografía: Hossein Jafarian
Música: Sattar Oraki
Estreno en España: 3 de marzo de 2017


SINOPSIS

Emad (Shahab Hosseini) y Rana (Taraneh Alidoosti) deben dejar su piso en el centro de Teherán a causa de los trabajos que se están efectuando y que amenazan el edificio. Se instalan en otro lugar, pero un incidente relacionado con el anterior inquilino cambiará dramáticamente la vida de la joven pareja.


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CRÍTICA

[Eduardo Navarro. Colaborador de CinemaNet]

Cuando escribo estas líneas, la resaca de la gala de los Oscar todavía nos deja un rastro humeante con los ecos del incidente por el que esta edición pasará a la historia, que no es otro que la equivocación en el anuncio del premio a la mejor película. Un suceso a la medida de Hollywood, digno de sus mejores finales y mentes más imaginativas. Ya saben, la realidad supera a la ficción.

El viajante Asghar Fahradi Oscar Irán

En cualquier caso, minutos antes El viajante se había alzado con la preciada estatuilla a la mejor película en habla no inglesa. Este título, séptimo largometraje del realizador iraní Asghar Farhadi -que también firma el guion-, sigue la estela de otros de sus dramas intimistas, en especial de las recientes Nader y Simin, una separación y El pasado.

El escenario de un teatro, una cama con un vestido de mujer, un plato de pasta, un edificio que se derrumba y que termina por agrietar la pared del dormitorio de un matrimonio… Los símbolos visuales de Farhadi son tremendamente sencillos, y quizá por eso también eficaces. Sin apenas exteriores, esta película bien podría también representarse en un teatro. Todo lo importante sucede dentro de los personajes, y por eso apela a nuestra sensibilidad.

Es en las profundidades de sus almas donde asistimos con el corazón encogido a sus conflictos, sabiendo que cualquiera de nosotros podría estar en ese mismo lugar y en su misma situación. Los sonidos tienen la capacidad evocadora de lo cotidiano y la atmósfera creada atrapa por su verosimilitud gracias a una puesta en escena sin alardes y que sabe centrarse en lo esencial, en un crescendo de intriga que mantiene el interés hasta el desenlace.

Lo que cuenta El viajante está tan pegado a la condición humana común que apenas se nota la distancia geográfica y cultural para un espectador occidental. “¿Es una historia real?”, pregunta uno de los alumnos de Emad mientras ven una escena en clase de la película La vaca -film de Gholam-Hossein Saedi de 1969-. “No, pero lo parece”, le responde el profesor. Este clásico del cine iraní sirve de metaficción junto a la obra de Arthur Miller La muerte de un viajante (1949), que el matrimonio representa en el teatro y a la que se entregan en cuerpo y alma, tanto que incluso a veces les cuesta diferenciar cuándo actúan y cuándo no.

El viajante Asghar Fahradi Oscar Irán

La película plantea importantes reflexiones sobre temas de hondo calado humano. Los actos tienen consecuencias y a veces parece que no guardan proporción. Una pequeña decisión puede llegar a tener una gran repercusión, como descubrimos en una puerta que se ha dejado abierta confiadamente. Pasar por alto una información que no juzgamos importante  o dejar de insistir cuando lo más prudente sería pasar página. Que a Farhadi le interesa el pasado y sus consecuencias en el presente -a veces trágicas- ya nos lo dejó claro en un título anterior, y aquí nos lo viene a recordar a través de la memoria habitada que tienen las casas. Sus anteriores inquilinos, de alguna manera, siguen viviendo en cada una, con todo lo que eso conlleva.

Pero sobre todo nos ofrece una delicada mirada sobre la comunicación humana, especialmente dentro del matrimonio. La comunicación siempre es difícil, sobre todo cuando de lo que se trata es de sacar fuera los traumas internos. Un dolor que en el día a día puede quedar soterrado y que aflora a la mínima oportunidad -ese plato de pasta, la escena del taxi, ese alumno que ha perdido a un familiar…-. El núcleo del drama se centra en la relación conyugal de Emar y Radna. Al igual que con el matrimonio de Nader y Simin, Farhadi nos muestra los puntos de vista de ambos. Y no solo con ellos: en cada conflicto, con sutileza, deja hablar a todas las partes para que nadie se atreva a hacer juicios apresurados y podamos llegar a comprender, sin justificar.

Pero las grietas de un matrimonio no aparecen de la noche a la mañana e intuimos que parte del drama se ha fraguado en un tiempo anterior. Los silencios actúan como síntoma. Si no es así, cuesta creer determinadas reacciones, esa resistencia a pasar página y que puede llegar a convertirse en un callejón sin salida. La gran enseñanza ética que contiene la película es que, al igual que en la película que Emar ve con sus alumnos, la única manera de que un hombre se transforme en una vaca es a través de un proceso gradual. Nuestro comportamiento se explica en parte por lo que nos ha sucedido antes y cada acción nos construye, adhiriéndonos al bien o mal que hacemos porque “el carácter es para el hombre su destino”, como decía Heráclito de Éfeso. Dicho esto, esta gradualidad impregna de cierto catastrofismo y determinismo a la historia, a modo de profecías autocumplidas.

El viajante Asghar Fahradi Oscar Irán

Por todo ello resulta lógico que la película se haya llevado el Oscar: el director iraní lo ha vuelto a hacer. Simplemente ha vuelto a entregar otra magnífica película que mezcla el drama con el thriller, situaciones cotidianas con la intriga por la resolución de un caso, con sus policías y sus víctimas. Solo que imprime su sello narrativo personal para decirnos que los culpables también pueden ser, al mismo tiempo, víctimas. Eso sí, no es una película cómoda, porque lo que se cuenta no lo es, y uno desearía ver en algún momento algún que otro alivio o contrapunto. Pero ciertamente no tiene por qué concedernos esta tregua, ya que como decía Georges Braque “el arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza”.

Nos corresponde a nosotros extraer la lectura en positivo, y esta película nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la importancia de las batallas que se libran en los pequeños actos cotidianos. De ahí que, como vemos en varios momentos, sea importante mostrase siempre amables con quienes nos rodean, ya que nuestras acciones no solo tienen efecto en nosotros y podemos desconocer las luchas que pueden librar en su interior. El mal se vence con el bien, e igual que un pequeño acto puede tener grandes consecuencias, una buena acción también.

Se nos invita a acercarnos con una mirada comprensiva, casi misericordiosa, a las debilidades de los demás, aun cuando estas debilidades provoquen graves daños. Y, sobre todo, a pensar en la importancia de la comunicación humana. Una comunicación profunda, desde el yo, las emociones y los sentimientos, en la que además de comunicar información aprendamos a comunicarnos a nosotros mismos. La felicidad no es un estado, sino una conquista de todos los días.


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